Rembrandt – El regreso del hijo pródigo

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“El regreso del hijo pródigo” de Rembrandt, ca.1669
Óleo sobre tela, 262 x 206 cm.
El Hermitage, San Petersburgo.

Esta obra de Rembrandt es, a mi parecer, una de las más conmovedoras que conozco. Ilustra la parábola del hijo pródigo (Lucas 15, 11:32), una parábola que habla de la capacidad infinita que todos tenemos para perdonar.

Me concentraré en el hijo menor y el padre.

El hijo – es la imagen de la conversión. La luz que brilla sobre el, su ropa (zapatos viejos y vestido nuevo) y su posición arrodillado, lo indican. Ya regresó a casa, al corazón de su padre que es puro amor. Se deja abrazar sin resistencia. Se da totalmente a su padre sabiendo que su perdón es incondicional.

“… este hijo mío estaba muerto, pero ahora ha vuelto a la vida; se había perdido, pero ya lo hemos encontrado.” Lucas 15 (24).

El padre – es la imagen de la misericordia. Es un retrato de Dios. Abraza a su hijo sin sofocarlo, dándole espacio porque lo perdona sin condiciones, y lo acepta tal y cómo es. Lo recibe en su corazón respetando su dignidad, y su libre juicio de haber regresado. Sus manos sobre los hombros de su hijo parecen apenas acariciarlo. La mano derecha es fina, representando el lado maternal de Dios; y la mano izquierda es más gruesa y fuerte, representando el lado paternal de Dios.

Hay una enorme ternura en esta escena. Con su genio para rendir emociones con pocos detalles, Rembrandt nos hace ver la misericordia infinita.

Les dejo apreciar la obra y contemplar lo que significa para nuestras vidas.

Gracias.

Kenza.

Crivelli – Virgen y niño

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“Virgen y niño” de Carlo Crivelli, ca. 1480
Tempera y oro sobre madera, 37.8 x 25.4 cm
Metropolitan Museum of Art, New York.

Carlo Crivelli (1430-1495) nos obsequia una representación extraordinaria de “Virgen y niño”, una de sus siete obras sobre el mismo tema, y todas increíbles.

Lo real se mezcla con lo irreal.

La mosca sobre el balcón parece parte de la realidad, no del cuadro, como si se hubiera parado sobre la pintura. Vean su sombra. La mosca representa el pecado, y contrasta con el jilguero, símbolo de redención, que el niño mantiene firme en sus manos. El niño mira hacia el suelo a su izquierda algo que no podemos ver, y parece no haber notado o quizá no está preocupado por la mosca que no debería estar. ¡Estamos en un verdadero laberinto mental!

Las frutas son más grande de lo normal. Y aquí de nuevo las manzanas representan el pecado y el pepino, a primera vista escabechado, la redención.

Las caras parecen de porcelana, pero tienen una intensidad que contrasta con su aparente fragilidad.

La Virgen es bellísima, elegante, solemne. Sus dedos son muy largos y toca su hijo con mucha delicadeza, como si se podría quebrar. A la vez, no lo sobre-protege como debería dado que está sentado al borde del parapeto. Lo deja ser, quizá consciente de su madurez e independencia.

El parapeto de mármol parece muy real. Está fisurado simbolizando el tiempo que pasa.

Las telas son exquisitas: el vestido de la Virgen, su velo, el cojín del niño, la tela de honor detrás de la Virgen. Aquí vemos la influencia de los pintores holandeses cuya atención a detalles fascinaba Crivelli. El cojín del niño es alucinante en sí: el material como piel de gallina, la mezcla de rugosidad con suavidad. Uno no sabe qué pensar. La tela de honor también: parece recién desdoblada (como la del parapeto) y está colgada de manera muy inusual.

Y detrás, dos diminutivos hombres con turbantes hablan entre los árboles a la derecha, mientras que otros cinco parecen estar corriendo en la parte izquierda. ¿Qué hacen allá? Ni idea. La pregunta está abierta a múltiples respuestas.

¡Y la firma de Crivelli! Parece un papel desdoblado que colocó al final sobre la pintura. ¡Fascinante!

El pintor originario de Venezia, supo transformar la realidad en un sueño, y a la vez hacernos dudar de lo que estamos viendo. Nos quedamos maravillados. Nos quedamos asombrados. Y esto es justamente el propósito del arte sacro.

Les dejo apreciar la obra y les animo a ver más obras de Carlo Crivelli.

Kenza.

Pax

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Pax – Nicolò di Tomasso (Italia, act. 1346-76), ca. 1370
Madera pintada con marco de metal, aprox. 35 x 25 cm.
Metropolitan Museum of Art, NY.

Un Pax es una tableta portátil que se pasaba entre los fieles durante “el beso de la Paz” durante la misa.

Se usó en Europa en la Edad Media y a principio del Renascimiento, especialmente durante los siglos XIII y XIV (se dejó de usar en el siglo XVII).

Su propósito era remplazar el beso físico, en general por razones sociales por si había un príncipe o alguien de alto rango en la misa que no quería tocar un “subalterno,” o cuestiones de prudencia entre hombres y mujeres. Otra razón más obvia a mi parecer, era una preocupación por la salubridad, dada la Pesta Negra que asoló a Europa durante el siglo XIV.

La mayoría de las tabletas eran de metal, entonces resistentes, y muy pocas fueron pintadas como esta, así que es una obra muy rara. La mayoría también tenían un largo mango sostenido por un acólito, quien lo limpiaba con una tela entre cada beso.

Su función litúrgica está indicada en la inscripción en latín que aparece sobre el cuello del vestido de Cristo. Se puede leer: “Pacem relinquo vobis” — “La paz les dejo.” (Juan 14:27).

La persona que sostenía el Pax, decía “Pax tecum” (Paz hacia ti o que la paz sea contigo) y el otro respondía “Et cum spiritu tuo” (y con tu espíritu).

Si se fijan, los ojos de Cristos son ligeramente diferentes. Esto viene de la tradición bizantina y simboliza su esencia dual (humano/divino).

Y como toque de belleza, se puede distinguir dos diminutivos angeles que cargan una “tela de honor” adornada, simbolizando la majestad de Cristo.

Dado lo delicado de este Pax, lo más probable es que fue para un uso restringido en una capilla privada.

Gracias y espero que les gustó este precioso objeto.

Kenza.

Van der Weyden – El calvario

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“El calvario” de Roger Van der Weyden, 1460, restaurada en el 2015
Monasterio de San Lorenzo, El Escorial (Madrid).

El retablo (óleo sobre madera de roble) impresiona por sus colores y los efectos casi tridimensionales de los personajes y de las telas, que sobresalieron después de su restauración.

El ambiente dramático es casi palpable entre las posiciones de los cuerpos, la expresividad de los rostros y el tamaño mismo de los personajes más grande de lo normal (el retablo mide 3.25 x 1.92 metros).

El fondo rojo con cuadros corresponde a un paramento similar de la Cartuja de Scheut cerca de Bruselas, donde estaba originalmente destinada.

Se ve el cuerpo de Cristo sin vida colgando de la Cruz, pero por su cabeza reclinada sobre su hombro derecho y por su cara llena de paz, parece estar más dormido que muerto (simbolizando la espera de la resurrección).

El pintor respetó el “triclavianismo” prevalente en el sur de Europa entre los siglos XI y XIV, en que se decía que Cristo fue crucificado con tres clavos. Por esta razón, sus pies están cruzados.

La Virgen y San Juan se lamentan con gran dolor, la Virgen secando sus lágrimas y San Juan clamando al cielo con sus manos en alto.

Cada vez que admiro una pintura de Van der Weyden como esta o el “Descendimiento”, otra muy bella, y que veo sus aspectos geométricos y efectos tridimensionales, me viene a la mente este pasaje de la Epístola de Pablo a los Efesios (Cap. 3, 17-19):

“Y pido que, arraigados y cimentados en amor, puedan comprender, junto con todos los santos, cuán ancho y largo, alto y profundo es el amor de Cristo; en fin, que conozcan ese amor que sobrepasa nuestro conocimiento, para que sean llenos de la plenitud de Dios.”

Palabras que expresan el tiempo y el espacio en sus cuatro dimensiones o sabidurías: lo ancho de las gracias, lo largo de las promesas, lo alto de la majestad y lo profundo de la misericordia (juicio) —(inspirados por el Libro de Job).

Ahora les dejo apreciar la obra.

Gracias.

Kenza.

Wyeth – Pentecostés

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“Pentecost” de Andrew Wyeth – 1989
Tempera con carbón sobre papel – colección privada (© ARS)

Me permito compartir otra visión del Pentecostés, esta vez una versión moderna del pintor estadounidense, Andrew Wyeth (1917-2009). Wyeth es conicido por sus cuadros de colores tierra (café, beige, verde pálido) donde retrata por lo general una sola persona en medio de un campo o un cuarto sencillo. En lo particular, me fascinan. (ver cuadro al final del texto)

Su visión del Pentecostés son unas redes de pesca flotando en el viento, en una isla de Maine. Como en sus otros cuadros, los colores son suaves y el ambiente es sereno. No hay ruido a parte del viento. No hay objetos que sobresalen a parte de las redes que son por naturaleza transparentes. No hay ni una persona, ni un animal.

Wyeth no era particularmente religioso, pero por lo que leí, tenía una fascinación por las cosas inexplicables. El soplo del viento del Espíritu Santo era uno de estos misterios que le llamaba la atención.

El uso de redes de pesca es significante y nos recuerda las redes de los Apóstoles y los pescados que son temas que regresan una y otra vez en los Evangelios. Y claro, este pasaje de Juan cuando Jesús Cristo resucitado aparece otra vez a los Apóstoles:

“4-Al despuntar el alba Jesús se hizo presente en la orilla, pero los discípulos no se dieron cuenta de que era él.
5- Muchachos, ¿no tienen algo de comer? —les preguntó Jesús.—No —respondieron ellos.
6- Tiren la red a la derecha de la barca, y pescarán algo. Así lo hicieron, y era tal la cantidad de pescados que ya no podían sacar la red.
7- ¡Es el Señor! —dijo a Pedro el discípulo a quien Jesús amaba.”
(Juan 21:4-7)

En su visión del Pentecostés, como en las otras obras de Wyeth, uno puede percibir que hay más de lo que nos enseña. Observando la obra sentimos que es más que el simple conjunto de redes, palos, agua, tierra y cielo. Está el viento, está la luz. Hay una presencia, una energía si quieren usar un término a la moda, que nos transporta más allá del cuadro mismo.

Les dejo contemplar su obra y me permito compartir otro de sus cuadros para que se den cuenta del ambiente que Wyeth logra crear con sus colores suaves y sencillez.

Gracias.

Kenza.

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“Christina’s world” de Andrew Wyeth, 1948
MoMA, NY

Giotto – Pentecostés

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Pentecostés: la última escena en la serie de frescos sobre la vida de Cristo,
de Giotto di Bondine, 1304-1306.
Capilla Scrovegni, Padua. 


“Cuando llegó el día de Pentecostés, estaban todos reunidos en el mismo lugar. De repente vino del cielo un ruido, como el de una violenta ráfaga de viento, que llenó toda la casa donde estaban, y aparecieron unas lenguas como de fuego que se repartieron y fueron posándose sobre cada uno de ellos.” –
Hechos, 2.

En el fresco, no se percibe ni ruido ni viento, más bien es una escena tranquila, los once apóstoles recibiendo el Paráclito (Espíritu Santo) en forma de rayos de luz que atraviesan el techo.

Si se fijan, Giotto tuvo la delicadeza de sentar a los Apóstoles como lo fueron durante la última cena. Y como en la última cena, Mateo (con la tela de dibujos negros sobre blanco) parece dar explicaciones a Felipe a su derecha.

Antes de leer el próximo párrafo, ven la pintura y traten de adivinar cuál de todos es Jesús Cristo.

Cristo está presente detrás de la columna (con la tela azul). Y aquí el genio de Giotto: los que reciben el Espíritu Santo (los Apóstoles, dentro del cuadro) lo ven con toda claridad; mientras que nosotros (fuera del cuadro), solamente lo podemos percibir. (nota: por respecto, no lo dibujó de espalda, lo que hubiera tenido el mismo efecto.)

Como lo es típico de Giotto, pintó los rostros y la actitud de los Apóstoles con mucha humanidad. Y es lo que más me gusta de esta obra, y la razón por la cual la escogí.

Los Apóstoles parecen a gusto y de ellos emana paz y tranquilidad, y un espíritu de comunidad. No hay esta esclerosidad de muchas pinturas de la época, o lo dramático de las representaciones tradicionales del Pentecostés. Y siento que es la humildad y el amor de Cristo que permiten este ambiente donde cada Apóstol puede ser él mismo, sin pretensiones, sin rigidez, no obstante lo solemne de la ocasión.

Este día se celebra el principio de la Iglesia como institución, razón por la cual Giotto pintó los Apóstoles dentro de lo que parece ser una capilla.

Si me permiten, una nota suplementaria:

Giotto fue el primer pintor a firmar sus obras, se vuelven así “sus” obras. Esto implica una salida del anonimato de los íconos y la entrada al individualismo. Lo que antes era crear una obra para algo más grande que uno mismo, se vuelve algo de uno mismo que se recalca en la obra.

Este hecho es fundamental para entender la evolución del arte sagrado cristiano que era:
– “veneracional” en su principio (íconos – desde el siglo IV y confirmado en el Concilio de Nicea II, siglo VIII);
– en el occidente, se había agregado también el aspecto “didáctico” desde el siglo VII con el Papa Gregorio Magno (mismo quién creó el canto gregoriano); y
– con Giotto y su firma, empieza el aspecto “simbólico” del arte sagrado con la visión personal del autor.

Dado que lo simbólico no entra en el marco teológico, esto permitió representar lo que antes no era possible retratar, como la Trinidad o Dios. Así tenemos en esta época las primeras representación de Dios, en general como un viejo barbón, una representación que evidentemente no tiene nada que ver ni con las enseñanzas, ni con la teología. (Para la Trinidad hay el famoso ícono de Rublev, Siglo 15, que espero presentarles en el futuro.)

Gracias.

Kenza.

Podcast

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Podcast de introducción para una serie sobre la historia del arte.

Se presentan a través de la página “wake up – think” de una querida amiga.

Los podcasts se pueden escuchar a través de SoundCloud por este link.

En este episodio, se presentan algunos puntos básicos para entender el arte y se abre la puerta hacia el asombro.

Gracias de antemano y no duden en compartir.

Kenza.

Obra: detalle de “El martirio de San Mateó” de Caravaggio, 1599-1600 – Capilla Contarelli, San Luigi dei Francesi, Roma.

Bellini

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“La bendición de Cristo” de Giovanni Bellini – ca. 1465

Le Louvre, Paris. 

Para empezar esta página dedicada al arte sacro, me permito compartir una obra de Bellini que ilustra la compasión y el amor.

Es una de las primeras pinturas en óleo del renacimiento italiano.

El uso del óleo permitió a Bellini dar profundidad a los ojos lagrimosos de Cristo, y a la vez, mostrar su fragilidad y cansancio a través de detalles como su palidez, sus venas y huesos finos, y su boca semi abierta como si fuera difícil para el respirar. Si observan la obra, se darán cuenta que todavía sus heridas sangran excepto la del costado.

En contraste a las imágenes tradicionales de un Cristo resucitado fuerte y triunfante, Bellini escogió una imagen de compasión.

Su mano derecha se levanta en signo de bendición, pero en contraste a las representaciones tradicionales de un Cristo bendiciendo a quien lo mira (nosotros), aquí mira a nuestro lado. Esta mirada lateral simboliza su llamado a que todos estemos conscientes del mundo que nos rodea y que nos preocupemos por los demás. 

Espero que con esta página dedicada al arte sacro, podrán sentir un poco de esta compasión y de este amor. 

Ars sacra caritas est — el arte sacro es amor.

Gracias por acompañarme en este camino. 

Kenza.